martes, 29 de septiembre de 2015

Cuando vuelvas, Señor, ¡qué bello día!


El poder de la esperanza
 




En el libro Sobrevivir, escrito por Vitus Droscher, y en el capítulo El estrés en los animales, se hace referencia a un experimento científico realizado en la ciudad de Mainz, Alemania.
 
En primer lugar, una rata fue arrojada sorpresivamente a un estanque de agua. Antes de tres minutos había muerto de angustia; no pereció ahogada, sino de un ataque al corazón.
 
Luego fue arrojada al agua una segunda rata, pero ni bien cayó al estanque se le tiró una tablita salvadora y, así, braceando sobre la tabla flotó por diecisiete minutos.
 
Se la sacó, se la dejó descansar y luego se la volvió a poner en el agua, pero apoyada desde el mismo comienzo en la tabla salvadora. Continuó nadando durante siete horas. Luego murió por el agotamiento, pero no de angustia. Los científicos llegaron a esta conclusión; cuando se tiene la esperanza de sobrevivir, tanto la vida de los animales como la de los seres humanos se prolonga.

En verdad, la esperanza es lo que le da sentido a la vida. Inunda nuestro ser con la certeza de que se alcanzarán nuestros más íntimos deseos. Por ejemplo, la madre mira a su bebé con la esperanza de que crezca sano y bueno.
 
Los novios van al altar esperando lo mejor en su vida matrimonial. Prácticamente todos los viajes y negocios son alentados por la esperanza de lograr el éxito. Vamos al médico con la esperanza de que nos vamos a sanar.

Ciertamente, vivimos por lo que esperamos. Pero muchas veces nos pasa lo que le ocurrió a la primera rata del experimento. Caemos al agua, sin que aparentemente exista una tablita salvadora para apoyarnos.
 
De golpe perdemos el trabajo, o uno de nuestros hijos es atropellado por un auto y queda paralítico; o de pronto --después de 20 años de casados-- la vida matrimonial pierde su encanto. O lo que es peor, vamos al médico en un examen de rutina y se nos descubre que en un rincón de nuestro cerebro se anida un tumor maligno que es inoperable.

Y, por supuesto, nos deprimimos, nos angustiamos y hasta nos desesperamos. Y si somos creyentes, clamamos al Señor y nos atrevemos a protestar, diciendo: ¿Por qué, Señor? ¿Por qué a mí me ocurre esto? ¿No he sido todos estos años un fiel hijo, una fiel hija tuya? ¿No he defendido y apoyado tu causa de todo corazón? ¿Por qué, Señor?

Para nuestra orientación y bienestar espiritual, repasemos la experiencia del patriarca Job. Según el registro bíblico, en un principio todo le iba bien a Job.
 
Tenía muy buena reputación, era recto, temeroso de Dios y conocido como el más grande de todos los orientales. Su hogar estaba enriquecido con siete hijos y tres hijas. Además, Job era sumamente rico: tenía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas y muchísimos criados.

Pero de pronto, Dios permitió que Job fuese azotado por las pruebas. Como un terrible vendaval, cayeron sobre él y los suyos las calamidades más espantosas. Sus criados repentinamente fueron muertos a filo de espada por los sabeos (Job 1:13).
 
Luego descendió fuego del cielo que consumió ovejas y pastores (vers. 16). Después, los caldeos se llevaron los camellos y mataron a casi el resto de sus criados (vers. 17).
 
Entonces, un ciclón desplomó la casa donde estaban sus hijos e hijas, y todos murieron (vers. 18). Por si fuera poco, una sarna o llaga espantosa cubrió el cuerpo de Job de pies a cabeza. En su dolor se rascaba con una teja (Job 2:7). Su esposa lo increpó, diciéndole: "Maldice a Dios y muere" (Job 2:9) y sus llamados amigos Elifaz, Bildad y Zofar lo censuraron, diciéndole que su situación era una consecuencia de sus pecados.

Pero, a pesar de todo, Job levantó su voz con un grito de victoria y esperanza. Dice así: "Quién diera que mis palabras fueran escritas.
 
Quién diera que se escribieran en un libro. Que con cincel de hierro y con plomo fueran en piedra esculpidas para siempre". Y añade, "Yo sé que mi Redentor vive, y que al fin se levantará sobre la tierra. Y después, revestido de mi piel, estando en mi cuerpo veré a Dios. Yo mismo lo veré. Mis propios ojos y no otro. Cómo lo anhela mi corazón dentro de mí" (Job 19:23-27).

Job, conocido como el sufrido y paciente patriarca, que prácticamente lo perdió y lo sufrió todo --perdió sus hijos, su casa, sus bienes, la lealtad de su esposa, la comprensión de sus amigos y aún perdió su salud--, a pesar de todas sus pruebas y dolores debiera ser recor dado como aquel que fue sostenido por una confianza plena en Dios y que sobrevivió por una esperanza viva en Jesucristo. Job expresó su certeza de que, al fin de todo, con un cuerpo transformado habría de ver a Dios con sus propios ojos.
 
El don de la esperanza le había dado la victoria. ¿Cuál era el secreto de una esperanza semejante?

Como vimos, en su hora de dolor más angustiosa, Job pudo decir: "Yo sé que mi Redentor vive...y por lo tanto, seré transformado y lo veré con mis ojos". La verdadera, la única esperanza se apoya en el Redentor que murió en la cruz y al tercer día resucitó.

Sí, la esperanza en el triunfo del bien y en la transformación de este planeta, la esperanza en una tierra nueva y perfecta, la esperanza de que los justos gozarán la salvación y la vida eterna, y la bendita esperanza de ver cara a cara al Señor Jesús...sí, toda esta suma de esperanzas y deseos se apoyan y dependen de la sublime realidad de que Jesucristo estuvo en esta tierra, murió, resucitó y ascendió victorioso a los cielos.

La fórmula bíblica para mantener viva la esperanza, es pasar por el Calvario. Existe una íntima relación entre la primera y la segunda venida de Cristo. Dice el apóstol San Pablo: "Así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan" (Hebreos 9:28).

La esperanza en la segunda venida de Cristo se apoya y depende de la obra realizada por Jesús en su primera venida. La cruz garantiza la corona. Este mundo le pertenece a él. Él prometió volver, y por lo tanto volverá.

En última instancia, la esperanza es encendida por el amor de Dios en Cristo Jesús. El amor divino es el fuego más poderoso para que nuestro corazón arda con la llama de la esperanza. Leamos 1 S. Juan 3:1-3: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.
 
Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro".

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, exhorta el apóstol. Deténgase, no se apresure, no se ensimisme en su pequeño mundo. Levante sus ojos...hay vida en mirar a la santa cruz. ¿Cuándo mirar a Jesús? Cuando el mundo nos hechice, cuando la culpa nos agobie, cuando los amigos nos chasqueen, cuando la enfermedad nos torture, cuando Satanás nos acose.

Y agrega el apóstol, "mirad cuál amor". Es un amor glorioso, leal, abnegado...Dios ama lo inútil, lo inservible. "Palabra fiel y digna de ser recibida de todos, que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero" (1 Timoteo 1:15). Jesús no escatimó nada para salvarnos. Dio su vida y su sangre.

¿Cuál es mi respuesta al amor de Dios? El pasaje inspirado dice: "Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (versículos 2 y 3).

Dice el discípulo amado: "Ahora somos hijos de Dios. Pero luego seremos transformados. Llegaremos a ser semejantes a él". El cuerpo de nuestra bajeza será transformado a la semejanza del cuerpo de Jesús.

"Lo veremos como él es". Sin ninguna distorsión. Lo veremos cara a cara. Sus manos, su mirada, su voz. Oiremos de sus labios el relato de la cruz... La esperanza en Jesús nos asegura un final maravilloso. El que tiene esta esperanza en él, se purifica, como él es puro. En consecuencia, ahora debemos abrir la puerta del corazón a Jesús, para que él entre y lo purifique por completo.

Trabajemos también para apresurar la venida del Señor. El anhelo de ver a Jesús nos impulsará a ser siervos fieles. Dice el apóstol Pedro: "Esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán" (2 S. Pedro 3:12).

Amemos a Cristo y apresuremos su venida en espíritu y en verdad. Seamos fieles y amantes, como el apóstol, quien dijo: "He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, que me dará el Señor, Juez justo, en aquel día. Y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Timoteo 4:7, 8).

Movido por la esperanza, el poeta dijo así:

Cuando vuelvas, Señor, en tu hermosura,

de tus santos millares proclamado

Rey eterno, de gloria coronado,

triunfante de la misma sepultura.

Cuando vuelvas, Señor, ¡oh gracia pura!

No más sombras vendrán a nuestra vida;

el alma por tu diestra redimida

gozará de tu lumbre la ventura.

Cuando vuelvas, Señor, ¡qué bello día!

Eterno amanecer de paz y gloria

pondrá punto final a nuestra historia

De miseria, de llantos y agonías...

En tu trono, radiante de alegría,

cantaremos por siempre tu victoria.

1 comentario:

  1. Cuando vuelvas, Señor, ¡qué bello día!


    Eterno amanecer de paz y gloria


    pondrá punto final a nuestra historia


    De miseria, de llantos y agonías...


    En tu trono, radiante de alegría,


    cantaremos por siempre tu victoria.

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