martes, 17 de noviembre de 2015

CAPACES DE "CONSOLAR

¿SOMOS CAPACES DE "CONSOLAR" EL DOLOR DE OTROS?

El concepto que transciende toda esta II SEMANA DE ADVIENTO, es "consolad, consolad a mi pueblo" por las palabras con las que principia la sección del profeta ISAÍAS llamada como "Libro de la Consolación de ISRAEL" (Isaías 40-55), del que sin profundizar mucho, insistiendo en su lectura, destacan dos cosas: En esta parte se encuentran los llamados "poemas del siervo de Dios", los textos más sublimes que hacen referencia al Señor, como Mesías y Salvador, con la dura descripción de su pasión y muerte, pero que destaca por otro aspecto, su ternura, cu cariño, su cuidado hacia nosotros, su pueblo, de nuevo evocando la figura del buen pastor, cuando dice (Isaías 40,9-11): 

"Súbete a un monte elevado, mensajero de Sión; alza fuerte la voz, mensajero de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres"

Dice el DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA, respecto del verbo "consolar" que se trata de "aliviar la pena o la aflicción de alguien", sin embargo esto es algo que es cada vez más difícil en los tiempos actuales, porque en una sociedad que nos educa en la "satisfacción inmediata de cualquier tipo de necesidad, real o creada", en la que hemos convertido los hospitales en "establos del dolor y el sufrimiento" porque a veces preferimos adocenar allí a nuestros enfermos, en vez de asistir al episodio de su sufrimiento, dolor y deterioro en casa, la misma razón por la que "escondemos a los ancianos en residencias" para que su decrepitud no nos recuerde la nuestra, en la que pareciera que todos estamos obligados a vivir bien, y si no, disimularlo, cada vez nos es más difícil afrontar el dolor, el sufrimiento, aquello que no nos viene bien...
 
No estamos educados para aceptar un "no" por parte de la vida, sea de la naturaleza que sea, y ello nos causa muchos niveles artificiales de estrés, de depresión, de abatimiento, de desesperanza... si difícilmente tenemos recursos sociales o psicológicos para afrontar estas situaciones, ¿cómo vamos a ser capaces, encima, de consolar, cuando se trata de la aflicción o la pena de terceros?

A mí sólo se me ocurre un ejemplo: Aprende a vivir desde la Cruz, a su sombra, porque sólo ahí seremos capaces de comprender el dolor, el propio y el ajeno, y consolar, y más aún, obrar, corregir las situaciones de sufrimiento, además de acompañar a los hermanos que pasan por ellas:

San PABLO dice (Gálatas 6, 14):

En lo que a mí se refiere ¡Dios me libre de gloriarme si no en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado, y yo un crucificado para el mundo!


Y es que, para qué vamos a negarlo, a los hombres nos gustan las cosas grandes y ostentosas, y lo mismo vale para las cosas del Espíritu, que ya nos gustaría ser santos, hacer milagros, tener visiones, y todo ese tipo de cosas... Supongamos que dicen en las noticias del TELEDIARIO, que en un incendio se han intoxicado gravemente unos policía municipales que estaban ayudando a evacuar a los vecinos... Todo el mundo, en el barrio, ve a esos agentes como héroes, ellos quizás no tanto, dirán –con humildad- que “simplemente estaban cumpliendo con su deber”. Y eso es exactamente lo que nos sucede a nosotros, que nos gustaría ser héroes en la fe, capaces de dar un gran ejemplo, o de atraer a mucha gente al Señor, o prácticamente ser santos, pero todo ello sin esfuerzo.

San LUÍS Mª de GRIGNION MONFORT, en su "Carta a los Amigos de la Cruz", nos saca de nuestro error y nos dice lo siguiente, unas palabra sabias que ningún “amigo de la Cruz”  -entre los que me gustaría hallarme- debería olvidar, debiendo llevarlas grabadas a fuego en su corazón. Y es que no debemos desear más de lo que debemos, o posiblemente, de lo que el Señor sabe que vamos a ser capaces de llevar.

Si pudiéramos escoger entre las Cruces, hagamos nuestra elección entre las más pequeñas y deslucidas, frente a otras que nos parezcan más grandes o llamativas. No desperdiciéis la más mínima partícula de la Cruz verdadera, ya sea la picadura de un mosquito, o un pinchazo con un alfiler, la enemistad de un vecino, una pequeña injuria, perder un poco de dinero, una ligera molestia en el ánimo, un dolorcillo de algún miembro... Todo ello consideradlo una pequeña ganancia, como una “hucha de Dios” hasta que puedas ser capaz de sobrellevar cruces más grandes

Un “amigo de la Cruz” sabe que esto es verdad, que cualquier pena o aflicción de este mundo no son más que pequeños contratiempos en comparación con la Cruz del Señor al que sirven en todo momento. Pero si un “amigo de la Cruz” sabe aplicarse, sin rechistar, estas palabras, de la misma manera sabe que no todo el mundo sabe entenderlas, por eso, cuando, al contrario, es uno de sus hermanos el que padece la Cruz, sea grande o pequeña, acude de inmediato a socorrerle –como el Buen Samaritano- porque donde un hermano sufre, sea grande o pequeña su Cruz, allí se hace presente el Señor en su Cruz y con su Cruz, y no puede sino acudir a su llamado:

Si a tu hermano le pica un mosquito, dale pomada.
Si tu hermano se pincha con un alfiler, ponle una tirita.
Si se enemista con un vecino, pon paz en medio de ellos.
Si sufre una pequeña injuria, restituye su honor.
Si ha perdido un poco de dinero, préstaselo o dáselo.
Si tiene una ligera molestia en el ánimo, alégrale.
Si está cansado, reconfórtale.
Si le duele algún miembro, acompáñale al médico.

De lo contrario... ¿Cómo vamos a ser capaces –en el ejemplo del TELEDIARIO- de ayudar a alguien en un incendio si no somos capaces de las cosas más sencillas?

Y es que es completamente absurdo pretender hacer grandes cosas por nuestros hermanos si no les ayudamos en lo más pequeño ¡y ni qué decir tiene si nos referimos al amor que decimos tenerle a Dios! porque bien dijo el evangelista Juan (1 Juan 4, 20-21):

“El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”

1 comentario:

  1. es que es completamente absurdo pretender hacer grandes cosas por nuestros hermanos si no les ayudamos en lo más pequeño ¡y ni qué decir tiene si nos referimos al amor que decimos tenerle a Dios! porque bien dijo el evangelista Juan (1 Juan 4, 20-21):




    “El que no ama a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”

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