martes, 17 de noviembre de 2015

LA ALEGRÍA DEL PERDÓN

LA ALEGRÍA PERFECTA


Cuando en el año 2.005 falleció JUAN PABLO II, pocas semanas después, los medios de comunicación publicaron su "testamento espiritual", aparte de su contenido, todos los medios era unánimes en afirmar que era inaudito que la Iglesia hiciera público un documento de esta naturaleza, lo cual -como le suele suceder a los medios de comunicación, que siempre se dejan llevar por la euforia del momento- no era del todo cierto, pues con anterioridad, ya e hizo público en su día el "testamento espiritual" de PABLO VI.


Pero... ¿Qué es un testamento espiritual? Por testamento espiritual se entiende el documento a modo de carta última página del diario, anotaciones personales, por la que una persona, sintiendo cercano el final de sus días, pone por escrito ciertas recomendaciones,  o la sabiduría que se adquiere al final del camino, o intenta encarrilar una obra que tiene a medias, se confiesa de aspectos aún desconocidos de su pasado, pide perdón por las cuentas pendientes que le quedan, o se lamenta de aquellos proyectos que ya no podrán ser...
 
Evidentemente, revelan mucho de la personalidad de la persona que los deja escritos, porque nadie dudará de que, al final de la vida, es cuando uno quizás se siente más libre, sin ataduras, para expresarse, de todas formas ya está próximo a comparecer ante Dios con su sola alma desnuda...

Y tampoco JUAN PABLO II o PABLO VI es que hayan sido los únicos en dejarnos documentos de esta naturaleza, muchos santos hicieron lo mismo, hay testamentos espirituales de MARCELINO CHAMPAGNANT, de LUIS de FRANCIA, del propio FRANCISCO de ASÍS, también lo hay de CLARA de ASÍS, del padre PÍO, de BERNARDETTE, de LUISA de MARILLAC, etc, etc...
 
Muchas veces nos lanzamos sobre estos textos para descubrir más cosas de nuestro santo favorito, de nuestro fundador de instituto religioso, de nuestro director espiritual, como intentando -algo así como hiciera el profeta ELÍAS al entregar su capa a ELISEO antes de ascender al cielo (2 Reyes 2,12-13)- reproducir en nosotros algo de esa persona excepcional que se nos marcha...

...y aquí es donde se demuestra, una vez más, cuán paradójicos somos los seres humanos, somos capaces de hacer esto con los santos, como yo digo siempre, si nosotros somos "malas fotocopias" de los originales, ¡figuráos lo que dirían los santos de sí mismos en comparación con el Señor!, volvamos pues a las fuentes, al Señor mismo, porque nos decimos cristianos, pero precisamente, lo que más se nos encasquilla en nuestro ser cristianos, en nuestro ser discípulos, en nuestro seguir a Jesús, es en su "testamento espiritual", porque vamos a figurarnos por un momento que fueran sus últimas palabras: "¡Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen!" (Lucas 23,34)

¡Ah, acábarase el invento, perdonar....! Estoy por afirmar que es de todas las actitudes humanas la más heróica, difícil, extraña y ausente conducta en la gran mayoría de nosotros ¡Cuántos no dicen aquello de "yo perdono, pero no olvido"! (metámonos todos en el mismo saco), si hasta el bueno, por simple, de PEDRO, dudando de nuestra capacidad de perdonar tuvo que preguntar al Señor "donde se encontraba el límite del perdón" y el Señor le responde "perdonar hasta setenta veces siete si hace falta" (Mateo 18,22), no nos engañemos, nunca llegaremos a ser ese pozo de misericordia insondable (cfr. Salmo 118,29) que es el corazón de Dios, ni por asomo...
 
Todos tenemos experiencia de quien nos ha hecho daño, nos ha faltado el respeto, nos ha pisado profesionalmente, nos ha puesto zancadillas en la vida... todos tenemos experiencia de tener ese "alter ego" negativo por la vida que parece sólo puesto para -con perdón- jodernos la nuestra propia, todos tenemos conciencia de "nuestro mayor enemigo", lo reconozcamos o no.... y todos tenemos clara, al menos, la conducta a seguir, lo rezamos en el Padrenuestro: "Perdona, Señor, nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden"...
 
San PABLO nos lo recurda de esta manera "perdonaos si alguien tiene queja de otro; como el Señor los ha perdonado, así también haced vosotros"(Colosenses 3,13)... Entonces si todo esto es cierto ¿por qué se nos hace tan duro, tan cuesta arriba el perdonar, cuando somos nosotros los que hemos de perdonar a otros?

No me atrevo a aventurar una respuesta, no soy antropólogo, ni sociólogo, ni psicólogo, ni mucho menos un "buen perdonador"... Hasta qué punto se nos atranca el perdonar, que hasta mi propia madre, tan dada a refranillos, tiene uno que le gusta mucho decir que es "el Señor nos mandó que fuéramos hermanos, no primos", que es la forma andaluza y maliciosa de dar a entender "¡buenos sí, tontos no!"... pero me atrevo a aventurar que la respuesta se encuentra en estas palabras del Señor: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mateo 11,29), y es que, antes, citando a San PABLO sobre el perdón en Colosenses, me he comido a caso hecho como principia el versículo, pues el texto completo dice "soportáos los unos a los otros, perdonaos si alguien tiene queja de otro", quizás adquiriendo mayor mansedumbre y humildad no nos airemos tanto cuándo nos ofendan, nos ataquen o nos vituperen, así, no alimentando este fuego, el perdón fluya con mayor naturalidad...
 
Algo así discurría FRANCISCO de ASÍS al definir en qué consistía "la verdadera alegría" que nos llevará a la última de esta serie de catequesis "la alegría del perdón", pero como decía mi querida MAYRA GOMEZ KEMP, en el UN, DOS, TRES, hasta aquí puedo seguir leyendo....

Pero ¿cuál es la verdadera alegría? Vuelvo de Perusa y en una noche profunda llegó acá, y es el tiempo de un invierno de lodos y tan frío, que se forman canelones del agua fría congelada en las extremidades de la túnica, y hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas. Y todo envuelto en lodo y frío y hielo, llego a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, viene el hermano y pregunta: ¿Quién es?
 
Yo respondo: El hermano Francisco. Y él dice: Vete; no es hora decente de andar de camino; no entrarás. E insistiendo yo de nuevo, me responde: Vete, tú eres un simple y un ignorante; ya no vienes con nosotros; nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos. Y yo de nuevo estoy de pie en la puerta y digo: Por amor de Dios recogedme esta noche. Y él responde: No lo haré. Vete al lugar de los Crucíferos y pide allí.
 
Te digo que si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, que en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma.
Así, que en los días que nos quedan, en nuestro peregrinar al perdón de ASÍS, recemos mucho el Padrenuestro, pidiendo al Señor que "perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden", sintiéndolo de verdad, no como un postizo que sabemos que somos incapaces de cumplir, adquiramos para ello la mansedumbre y la humildad del Señor, porque ellas son las que nos darán esta capacidad de perdonar, ellas son "la perfecta alegría", y perdonando es que descubriremos "la alegría del perdón": 



Cuando en el invierno llegas aterido, 
llamas a mi puerta y no te quiero abrir. 
Cuando a los insultos con amor respondes, 
tu mirada alegre vuelve a sonreír.

Esa es la alegría, la alegría hermosa, 
que perfuma el alma y le da salud. 
Esa es la alegría de tu ser en calma, 
gozo y paz del cielo. Esa es la virtud.

Aunque vengan reyes, ricos y doctores, 
sé que la alegría no me la darán.
La alegría hermosa nace siempre dentro, 

en mi casa pobre que te da su pan.

1 comentario:

  1. San PABLO nos lo recurda de esta manera "perdonaos si alguien tiene queja de otro; como el Señor los ha perdonado, así también haced vosotros"(Colosenses 3,13)... Entonces si todo esto es cierto ¿por qué se nos hace tan duro, tan cuesta arriba el perdonar, cuando somos nosotros los que hemos de perdonar a otros?


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